VARIATIO 1: HE RECORDADO
He recordado esta foto de mi padre con su padre.
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El nombre y espíritu de estos textos vienen de tres obras entrelazadas:
I Remember de Joe Brainard,
Je me souviens de Georges Pérec,
Yo también me acuerdo de Margo Glantz.
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He recordado que hay una enfermedad llamada afasia y hace inencontrables las palabras. No puedo imaginarme desabastecida de ellas.
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He recordado que la primera palabra que pronunció mi hijo fue calle.
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He recordado cuando vi un cometa hacia el noroeste de Maracaibo. Mis padres dijeron que jamás ocurrió.
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He recordado fotos en la que todos están muertos.
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He recordado el miedo de mi madre al agua. Cree que en otra vida murió ahogada y que también yo debo temer.
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He recordado las veces que quise huir.
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He recordado una música triste. No sabría tararearla, pero es muy triste.
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He recordado que no hay manera de vengarse del ruido de vecinos de arriba.
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He recordado que tengo escamas en la nuca de tanto anhelar el mar.
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He recordado un sueño recurrente de mi infancia: una ola gigante salía del lago y cubría la ciudad. Yo tenía el poder de detenerla.
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He recordado que mi cuerpo falla.
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He recordado que no sé advertir lenguas negras.
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He recordado que mi maestra de tercer grado olía a piel de limón. Estaba embarazada, eso le quitaba las náuseas.
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He recordado que en Maracaibo vi a Adolf Hitler en el álbum fotográfico familiar de una amiga. Era un señor bajito, con bigote, un cualquiera.
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He recordado una habitación con trenes. Nunca pude irme en ellos.
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He recordado que se habla de amor propio.
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He recordado que existe el regocijo.
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He recordado que antes de entrar al Santo Sepulcro compré una tablilla con la imagen del Arcángel de Ribbes de Fresser.
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He recordado niebla espesa y atascada en mi pecho después del covid-19.
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He recordado jardines botánicos de Buenos Aires, Medellín y Nueva York. Al de París nunca fuimos, lástima.
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He recordado la ambición de una hiedra trepadora.
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He recordado a la mujer araña de la Feria de La Chinita. Mi novio la entrevistaría más tarde y yo moriría de los celos. Tenía yo veinte años y ella unas patas exquisitas.
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He recordado que jamás escuché a un lince. Dicen que es de gruñidos graves y aullidos cortos. Compartimos hábitos solitarios.
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He recordado comienzos. Amargos, eficaces. Comienzos que, como dice Anne Carson, «tienen su propia energía, ética, tonalidad, color».
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He recordado que lo mío son los epílogos.
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He recordado que tengo apuntado lo necesario para atravesar la Patagonia en tren.
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He recordado que existe el candor.
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He recordado reposos. Por lechina, histerectomía, covid-19, cáncer. De todos quedaron silencios y escrituras padecientes.
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He recordado que alguna vez comí corazón de res, también corazón de pollo. El mío, por amargo, ha de ser indigerible.
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He recordado que la junta de condominio mandó a matar papiros.
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He recordado que hablan del verano como calmo. No creo en estaciones. Venimos del frío.
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He recordado que existe la desolación.
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He recordado que hay personas que se alimentan de raíces. Solo raíces. Y se hacen tierra, fondo, piedad.
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He recordado palabras sangrantes.
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He recordado que en la puerta de entrada de la abadía de Poissy hay un importante museo del juguete. Llegamos tarde, nos cerraron la puerta en las narices.
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He recordado el cementerio judío de Praga, sus lápidas como la dentadura de un demonio.
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He recordado vértigos inevitables.
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He recordado que jamás escribiré un libro rojo.
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He recordado que desconozco la última palabra que pronunció mi padre antes de morir.
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He recordado que hay epifanías.
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He recordado que existe la mugre.
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He
recordado que en el centro de rehabilitación donde me llevaban de niña había
una mujer —en silla de ruedas, siempre olorosa a mentol— que aseguraba que yo
era idéntica a la protagonista de la película Cría cuervos de Carlos Saura.
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He recordado que existe el desamparo.
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He recordado que hay una hermenéutica de la errancia.
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He recordado la cabaña de Martin Heidegger, las estancias alquiladas de Fernando Pessoa, El cuarto de Jacob, la habitación propia de Virginia Woolf.
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He recordado que hay moradas en el polvo.
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He recordado astucias de la piel, un fango que nos aleja del mundo.
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He recordado la primera escena de la película Hiroshima mon amour. La piel. El desierto en esa piel. Y el desastre.
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He recordado que no siempre acontece la calma.
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He recordado que alguna vez estuve al borde de lo que otrora fuera un glaciar. Dijeron que por allí corrían dinosaurios.
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He recordado cimas.
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He recordado que de un pliegue nacen gusanos.
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He recordado que existen salobres reinos, quebradas ternuras.
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He recordado que solo dormir me aquieta.
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He recordado que existe la obstinación.
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He recordado que contener la escritura no cicatriza el aliento.
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He recordado que no hay pérdida más grande que la simpleza del alma.
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He recordado una piscina turbia, un escalón, unas rocas con limo.
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He recordado el sobresalto que viene de un teléfono timbrando en la madrugada.
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He recordado aquello de ¡Ay, pena, penita, pena, pena! Pena de mi corazón que me corre por las venas.
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He recordado que cuando murió Juan Gabriel desayunamos escuchando sus canciones.
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He recordado que cuando murió Amy Winehouse desayunamos escuchando sus canciones.
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He recordado que desayunaría a mediodía y a medianoche.
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He recordado que temo a los caudales.
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He recordado una prisa, una inútil prisa.
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He recordado que alguien me cantó rancheras al oído y lloré.
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He recordado lo extraño que es dormir con prisa.
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He recordado palabras predilectas: vistazo, asechanza, volcán.
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He recordado que existen desplomes.
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He recordado la presa entre mis dientes: era de acero, invisible.
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He recordado que existe el pánico.
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He recordado que compré dos ejemplares de un libro de Edmond Jabès el mismo día en que se conmemoraba un aniversario de su muerte. Lo supe esa medianoche.
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He recordado que jamás vi un campo de girasoles.
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He recordado que no sé a qué huele un sembradío de azafrán.
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He recordado que solo en el cine vi amapolas.
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He recordado que inútil es el verso «que no tiene legado que entregar». Lo dice Chantal Maillard.
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He recordado que voy olvidando la voz de mi padre.
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He recordado que hay pocas canciones para celebrar enero.
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He recordado que septiembre suele traer una fiebre cándida.
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He recordado que aún sé leer algunas palabras en hebreo.
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He recordado que tuve un diario con una pequeña llave dorada. Escribí dos o tres páginas. No soy de días consecutivos.
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He recordado que de niña detestaba jugar a las escondidas.
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He recordado cuánto amó Marguerite Duras el mar. Escribió en El dolor: «De pronto me invade una gran facilidad de vivir, como cuando uno se sumerge en el mar en verano. Todo se vuelve posible».
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He recordado que María Constanza Lloyd Wilde, esposa de Oscar Wilde, está sepultada en el Cementerio Monumental de Staglieno.
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He recordado que en los días del gran apagón no necesité linterna para llegar a mi cama.
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He recordado que quise llevar un diario solo con preguntas.
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He recordado las veces que estuve muy lejos de mí.
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He recordado que he visto olivos, nunca un ciprés.
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He recordado la sangre violeta de la cebolla.
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He recordado cuando echábamos espinazos y restos del almuerzo a los peces del canal del lago, en Cabeza de Toro. Un alboroto.
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He recordado mi temor a atragantarme.
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He recordado que tengo libros engavetados. Libros que nadie publicará como libros. Estos inútiles textos, por ejemplo.
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He
recordado que tras unas persianas el mundo es lento, opaco, horizontal, a la vez desdicha y añoranza.
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ResponderEliminarVivo intentando no recordar. Cuando lo hago, todo se me viene encima como un cataclismo. Cuando no lo hago, el peso de lo que no recuerdo me hace una mala persona y no me deja caminar. Lo prefiero así.
ResponderEliminarPoderoso texto. Recuerdos son presencia invisible, como dijera Víctor Hugo (el de Francia).
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